Texto: Natalie Sánchez    

«Por todas partes todo fermentaba, crecía y ascendía y advertíase el mágico fermento de la existencia. La intensidad de la vida, como un viento silencioso, avanzaba a grandes oleadas, sin saber dónde, sobre la tierra y el pueblo, a través de las paredes y los recintos, a través de la madera de los árboles y los cuerpos de los hombres, abrazando con su estremecimiento todo cuanto encontraba en su camino.» 
— Dr. Zhivago. Boris Pasternak.

En el tercer piso se extienden los apartamentos en una larga hilera hasta el final del pasillo, todas las puertas están frente a la ventana con una panorámica que dentro de poco tiempo se va a ir por la construcción de un edificio más alto. Llegamos al número indicado. Aún después de varias entrevistas con personajes prominentes y geniales, todavía no sabemos con certeza cómo es preciso timbrar en la puerta de un artista que se está por conocer. ¿Un timbrazo corto? ¿Y si no lo escuchan? ¿Dos timbres? ¿Muy ansioso? Nos dejamos llevar y buscando el equilibrio entre el profundo respeto que sentimos por estar ahí y la emoción por el hecho de que nos reciban, en un código Morse secreto le timbramos a Pedro Ruiz diciéndole que es todo un honor entrevistarlo.

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Como adivinando nuestra presencia, Pedro, abre casi sobre el sonido del timbre y nos da la bienvenida. La primera vista de su hogar, es un recibidor pequeño que se extiende a mano izquierda en el que de una manera casi despreocupada pero prolija, sobre unas estanterías rojas, está un fragmento de su exposición “Love is in the air”. Paneles dorados, cuyas protagonistas son amapolas rojas pintadas sobre retratos de figuras famosas (de aquella fama que le gana a uno realites y perfumes con su nombre).

Como la salita no está para estar ahí, vamos subiendo. Pero no se nos escapa a la curiosidad un convertible rosado parqueado sobre una mesa, con 5 barbies despeinadas y topless de pasajeras, con cara de tener una agitada vida de rockstars. No sabemos si la obra tiene que ver con el carro, pero sin duda esta escultura no intencional le combina a “Love is in the air” y a la relación que Pedro establece entre los dos extremos del consumo de droga: los productores y los consumidores.

Llegamos a la sala/estudio/cocina. Toda la casa está digamos, intervenida. Ante nosotros y todavía sin apearse de sus caballetes, están en proceso las “Colombianas ligeras”. Pinturas en blanco y negro de mujeres de cuerpo entero que levitan lívidas, con un intenso follaje que sale de sus cabezas. “Es una referencia a la gaseosa” nos aclara mirándolas con una vehemencia, que no parece que ellas hubiesen salido de él sino él de ellas.

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Nos invita a acomodarnos, y tenemos dificultades poniendo los equipos en su sitio. Por todo el lugar, en el sofá, en el suelo, en las mesas, hay obras que se han apropiado del espacio y parece que vagaran de esquina a esquina a su antojo.

Mientras acomodamos luces y cámara, él ya está en acción. Desde la cocina, mientras charlamos, repasa con un pincel que ha sacado del escurridor (donde conviven platos y brochas por igual) una figura misteriosa que parece un retrato en acrílico. Ve que tímidos nos asomamos a lo que está haciendo, levanta la hoja, y con la misma dulzura que un niño le muestra un dibujo a su mamá dice orgulloso: “es una fotografía de Ruven Afanador con la que estoy trabajando”. Cándido y consciente de serlo, cuando le preguntamos por las características que él considera primordiales en su estilo, nos cuenta que se le ha tildado de ingenuo -“No es ingenuidad lo que hay en mi trabajo, es la capacidad de retratar la bondad que está a la vuelta de la esquina y parece invisible. Tenemos el lente de ver: -ay, mira, la señora de la chaza, un problema social. Cuando, ella puede estar feliz con su vida, y ser lo más de amorosa y arreglarle el día a los que hablan con ella”.

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Le ponemos el micrófono y nos habla sobre su la evolución de su carrera, su rutina, sus inicios, su formato, y sus temas. A medida que avanza la entrevista se siente más cómodo y cuando le preguntamos sobre cómo va creciendo su obra responde con un ademán de picardía alzando los hombros y ratificando la distribución anárquica y espontánea de imágenes y piezas a nuestro alrededor – “Mi obra es como un jardín sembrado con escopeta”.

Ante esta soltura, dejamos a un lado las preguntas fríamente calculadas y vamos charlando con Pedro que se desplaza por la conversación como pasando de liana en liana; que es también lo que hace con la producción de sus piezas, -“Para mí lo más importante es la intuición”. La misma que le dicta que su corazón para vivir, necesita retratar la naturaleza -“Somos fanáticos del cemento” dice con una incredulidad y una desdicha sólo comparables a la hermosura de la frondosidad selvática e indomable que toma muchas de sus obras, y que a su manera se toma también su casa.

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Nos despedimos con oro y monte impregnado en las pupilas, agradecidos de que nos acogiera en su vorágine personal de creación, renovados por la energía que lo rodea a él, a su mundo real-mítico y a cada pincelada que da.

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