María Isabel Vargas me llenó la cara de dulces para la acción Tribu Candy.
Su serie de fotografías estará en agosto en LA galería.

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María Isabel Vargas es menuda, tiene un aura ingenua, infantil a mostrado y luego en Perfoartnet, el festival de performance y resistencia la vi trabajar con Candy, el proyecto con el que muy juguetona, un poco como sus pinturas de fondos de Candy Crush o de Mario Bros. Eso mismo encontré cuando la vi embadurnando niños y adultos con miel, barras de dulces de colores y chicles en PerfoArtNet, la bienal de performance y resistencia realizada el pasado mayo en Bogotá. Desde ese día, tuve curiosidad de experimentar lo que sucedería si me sometía a hacer parte de su acción Tribu Candy. María Isabel, casi en un acto de lectura mental, me invitó a que hiciéramos la “decoración”.

Nos reunimos en su apartamento/taller; conversamos sobre la pieza y yo le conté que me gustaría que hiciera sobre mi cara algo muy abarrotado y amarillo. Ella preparó materiales con ese color, además de alhajas y tocados verde y naranja de los que podríamos escoger. Para María Isabel juntar dulces para hacer accesorios es algo que hace con regularidad. Tiene una mecánica establecida ya que desde el 2014 ha realizado retratos con dulces sobre los rostros.

Después de una hora de trabajo tenía yo puesto un conjunto de piezas: dos collares de bolitas suaves verdes y amarillos, una pechera hecha con cuadraditos duros y envejecidos de goma naranja y verde similar a un collar de jade, un decorado que colgaba de las orejas y que recorría el pecho, dos ornamentos en los brazos debajo de las axilas hechos con chicles rojos y serpientes verdes húmedas y pegajosas, además, un par de cerezas rojísimas y brillantes que se me antojaban. Los ornamentos combinaban a la perfección con mi color lechoso de piel y resaltaban mi falta de exposición a la tierra caliente.

–¿Cómo empezaste con esta tribu? –Le pregunté a la laboriosa María Isabel.

–Yo estaba haciendo unos mandalas. En una época me dio por hacer esas formas circulares geométricas. En el yoga y en varias tradiciones religiosas los muestran como una forma de meditación. Yo estaba re intensa, re intensa, re intensa pintando los mandalas y dije: «voy a hacerlos con otras vainas». Entonces empecé a pintar unos de fuego, de ballenas, peces y así. Entonces ahí ya dije «sería re bonito hacer unos mandalas con dulces», pintarlos. Se me hacía que el mandala era todo espiritual y el dulce era todo banal y me parecía extraño y pensé «por eso mismo hay que juntarlos».

De ahí en adelante los dulces se le convirtieron a María Isabel en una obsesión y empezaron a hacer parte de su obra y de su cotidianidad. Allí surgió Tribu Candy.

Desde mi punto de vista, su trabajo antes que ser una profunda reflexión teórica es un juego intuitivo de constantes descubrimientos, como ella misma lo describe. Tiene como base un disfrute de las formas, los colores, la técnica y la experiencia. Asimismo sus acciones y su pintura tienen un potencial de transformación de los espacios en que ella los instala, y es allí donde para mí reside la fuerza de su trabajo.

–Muchas veces, en muchas obras, lo que prima es un goce estético –me contaba María Isabel mientras me ponía un tocado sobre el pelo– pero ese goce estético está subvalorado para el gremio del arte que cree que lo contemporáneo no es eso, que lo contemporáneo tiene que ser mucho más conceptual. Yo veo ahí una exigencia fuerte.

Finalmente los accesorios estuvieron listos y empezó la verdadera labor: la decoración del rostro. María Isabel me llenó la cara de miel. La sensación sobre el rostro era fría y suave. Sentir las manos de María poniéndome grageas en los ojos y en las mejillas era en cierta forma relajante. Hicimos unas pruebas de retrato con el Ipad. Yo supervisaba el proceso tomando fotos con mi celular pero mi quehacer era, ante todo, quedarme quieto mientras María Isabel jugaba a ponerme cosas en la cara.

Y luego vino el silencio. Mi boca se llenó de amarillo y yo no podía hablar, si movía los labios el tumulto de bolitas empezaban a caerse. Me sentía pegajoso, estaba inmóvil, metido dentro de una coraza de azúcar, sometido a la artista. No podía ni me provocaba decir nada. María Isabel había logrado callarme. Además tenía el pecho, la barriga y los brazos llenos de miel y el pantalón, los pies y las medias untados de grageas de colores.

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Cuando la decoración del rostro estuvo terminada María Isabel me instruyó sobre poses y miradas. Tomaba una foto y la borraba, otra más y la descargaba en el computador. Puso uno de los retratos en un formato circular para impresión y me la mostró. Me emocioné porque sentí que con ese retrato habíamos traspasado la barrera de lo Candy y llegamos a lo verdaderamente tribu. María Isabel borró a Sergio, al humano citadino, y creó un personaje.

Pero ella no lo ve igual que yo, y espera que nos reunamos de nuevo para hacer un retrato más ordenado, más parecido a lo que ella se imagina. Yo no me opongo porque la idea me agrada, porque la sesión de miel y grajeado facial no me disgustó, porque el trabajo de María Isabel es un juego de búsqueda y de encuentros, una serie de caminares intuitivos que, en ocasiones, la llevan a repetir las operaciones y a comenzar de nuevo. Todo para llegar, desde los encuentros y los detalles, a una acción o una imagen más interesante.

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Fotos por: Sergio Enciso y María Isabel Vargas    |  Texto: Sergio Enciso   |    País: Colombia 

Fecha de publicación: Julio 4, 2016

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