Texto: María Isabel Pachón    

Locura, pasión, celos, amores obsesivos, noviazgos tormentosos, egos enfrentados: todo esto es lo que suele definir las relaciones entre los artistas y sus musas. Sin ellas probablemente no existirían muchas de las obras de arte que tanto admiramos. En la mitología griega las musas eran deidades que protegían las artes y las ciencias. Los poetas las invocaban en busca de inspiración. Con el tiempo los artistas dejaron de creer en ellas como criaturas divinas. Empezaron a buscar inspiración en personas de carne y hueso. Las musas descendieron de los cielos. Son casi siempre mujeres que con su belleza despiertan la creatividad de los artistas. Tienen muchas veces una vida tan excéntrica e interesante como las nueve musas griegas.

1.Gala

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Elena Dimitrievna Diakonova  fue musa de varios artistas (Louis Aragon, Marx Ernst, André Breton) pero sobre todo de Salvador Dalí, con quien contrajo matrimonio en 1932. Dalí la consideraba su inspiración y el gran amor de su vida. Según el artista, fue ella “la única que lo salvó de la locura y de una muerte temprana”.

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© Salvador Dalí, Fundació Gala-Salvador Dalí, VEGAP, 2009

La pintó una y otra vez y de todas las maneras: vestida, desnuda, de frente, de espaldas… Incluso la pintó entre dos chuletas de cordero: “si me gustan las chuletas y me gusta mi mujer, no veo ninguna razón para no pintarlas juntas”, explicaba al público.

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Describía su amor por Gala como un amor intenso, completo y duradero. “Toda mi pasión está en el amor que siento por Gala y no tengo sitio para más”, decía en las entrevistas. ¿Era tanto amor correspondido? Gala tuvo varios amantes durante su matrimonio. Dalí tenía conocimiento de estas relaciones y de hecho dejaba que Gala recibiera a sus amantes en el castillo que él le había regalado. “Me importa poco si Dalí me ama o no. Personalmente yo no amo a nadie”, dejó escrito ella.

  1. Lee Miller

Lee Miller trabajó desde ambos lados de la cámara: como fotógrafa y como modelo. Sus fotografías fueron eclipsadas por su condición de musa y por su apariencia física. Era considerada la mujer más bella del siglo XX.

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Su padre era un fotógrafo aficionado y desde muy pequeña posó para él desnuda. A los 7 años fue violada por un amigo de la familia quien le contagió gonorrea, una enfermedad muy difícil de tratar en ese entonces. Algunos autores le atribuyen a este suceso su agitada vida sexual y sentimental.

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A los 19 Condé Nast, fundador de la revista Vogue, la invitó a trabajar con él y en poco tiempo se convirtió en la modelo más solicitada y cotizada de Nueva York. Fue fotografiada por Edward Steichen, Arnold Genthe y Nickolas Murray.

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En 1928 Miller posó para el primer anuncio publicitario de tampones. La fotografía, tomada por Steichen, escandalizó al público debido a que la menstruación femenina era un tema tabú que nunca antes había aparecido en los medios de comunicación. Miller fue atacada y condenada al ostracismo.

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Pie de foto: Foto de Miller con Man Ray.

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Pie de foto: Fotografía de Lee Miller por Man Ray (1930)

En 1929 se trasladó a París para convertirse en la asistente, la amante, la aprendiz y la musa de Man Ray. Él le enseñó a hacer fotos. Trabajaron juntos y se inspiraron mutuamente hasta 1932. Al parecer fueron los ataques de celos de Ray los que acabaron con la relación. Algunos sostienen que algunas fotografías firmadas por Ray fueron en realidad tomadas por Miller.

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Pie de foto: Lee Miller en la bañera de Hitler (1945). Fotografía tomada por el fotoperiodista David Sherman, amante de Miller.

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Pie de foto: “Buchenwald concentration camp” (1945) fotografía tomada por Lee Miller.

 

Ella trabajó como fotoperiodista y reportera durante la Segunda Guerra Mundial. Cubrió  algunos de los bombardeos más atroces, se bañó en la bañera de Hitler y fue la primera en recorrer con su cámara algunos de los campos de concentración.

 

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Pie de foto: Pablo Picasso retrata a Miller en 5 de sus obras.

 

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Pie de Foto: En 1947 Miller se casa con el pintor surrealista Roland Penrose, quien la retrata en su obra “Noche y día”.

 

  1. Camille Claudel

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Un artista no debe enamorarse de otro artista”, decía Mariana Abramovic.  Los escultores Camille Claudel y Aguste Rodin le hicieron caso omiso a este consejo. Tuvieron un amor apasionado y tormentoso durante casi 20 años. Él la consideraba la mujer de su vida pero nunca contempló dejar a su esposa. Claudel conoció a Rodin en 1882, cuando él tenía 43 años y ella 19. Al año siguiente comenzó a trabajar en su taller. Se convirtió en su modelo, su musa y su amante. Inspiró obras como “La Danaïde” y “Fugit Amor”.

 

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Pie de foto: “La Danaïde” de Rodin.

 

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Pie de foto: “Fugit Amor” de Rodin.

 

El escultor no solo quedó impresionado por su belleza sino también por su talento. Aunque varias de las esculturas de Claudel fueron expuestas y tuvieron buenas críticas nunca fueron tan reconocidas como las obras de Rodin.

 

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Pie de foto: “El vals”, Camille Claudel.

 

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Pie de foto: “La edad madura”, Camille Claudel.

 

Los espectadores no creían que Camille fuera capaz de crear por sí misma y siempre veían detrás de su obra las manos de su mentor. Los celos, tanto románticos como profesionales, la llevaron en 1898 a romper definitivamente su relación con Rodin.

En 1905 entra en una crisis emocional y comienza a destruir su obra. En 1913 un doctor la diagnostica de “una sistemática manía persecutoria” y de “delirios de grandeza”. Su la familia la interna en Montdevergues, manicomio en el que pasa encerrada los últimos 30 años de su vida.

En unos escritos, que salieron a la luz años después de su muerte, Camille da a entender, de una manera bastante lucida, que no fue su familia quien ordenó su reclusión sino que fue el propio Rodin que, temeroso del talento de su antigua amante, no quería que ella eclipsara su obra.

 

 

  1. Sonia Osorio

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«Te invito a que nos muramos de hambre juntos en París, pero te advierto que siempre me levanto de mal genio», así le propuso matrimonio Alejandro Obregón a Sonia Osorio. El artista colombo-español era conocido por sus relaciones amorosas (de hecho, hay un libro llamado “Obregón y las mujeres”) pero ninguna fue tan apasionada como la que tuvo con Osorio, una de las bailarinas más reconocidas de Colombia y la fundadora del Ballet Nacional.

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Cuando se conocieron formalmente, en la salida de Cine Metro en Barranquilla, Obregón le propuso retratarla en uno de sus cuadros. Ella aceptó y empezó a posar para él en su estudio una hora todos los días. Se enamoraron durante la elaboración del retrato y prolongaron su proceso a propósito.

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Su compromiso generó escándalo en la sociedad barranquillera ya que los dos seguían casados. Ella con Julius Siefken Duperly, cónsul alemán, él con Ilva Rash, hija de su jefe, el poeta y cónsul Miguel Rash-Isla. Osorio y Obregón duraron juntos diez años y tuvieron dos hijos. Durante los primeros 5 años de matrimonio vivieron en Paris en condiciones precarias. Sonia bailaba encima de las mesas de los bares y los restaurantes para conseguir comida. Se separaron porque Alejandro no era hombre de una sola mujer y, cansada de las infidelidades, Sonia pidió el divorcio.

 

  1. Edie Sedgwick

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Edie Sedgwick, icono de la cultura pop, it girl, bandera del movimiento underground, portada de la revista Life ,actriz, modelo y, antes y sobretodo, musa y Superstar de Andy Warhol, vivió rápido y murió joven. Apenas cumplió 21 años dejó su casa paterna en Palm Springs y se fue a vivir a Nueva York. Se convirtió en poco tiempo en el alma de todas las fiestas. Venía de una familia adinerada, era bonita, divertida, tenía clase y se movía en un Mercedes con chófer.

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Warhol quedó fascinado con ella desde el primer momento. Cuando la vio bailando en una fiesta en el ático del productor de publicidad Lester Persky la invitó a ser parte de sus películas. La Factory se volvió el hogar Sedgwick. Participó en Vynil, Poor Little Rich Girl, Face, Outer and Inner Space, Lupe, Chelsea Girls, entre otras películas de Warhol. Aunque no eran películas comerciales la aparición de Sedgwick llamó la atención de los medios. Resaltaban principalmente su original forma de vestir.

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Andy Warhol y Edie Sedgwick se volvieron inseparables. Ella se convirtió en su musa y protegida favorita. “Una persona de los años 60 me fascinó más que nadie que haya conocido. La fascinación que experimente probablemente se acercó mucho a algún tipo de amor”, dijo una vez el artista.  Eran el mejor ejemplo de pareja pop. Sus apariciones despertaban la fascinación del público. A veces resultaba difícil distinguirlos. Edie se tiñó el pelo de plateado, y él empezó a usar como ella grandes camisas por encima de los leotardos. Para algunos, lo que buscaba Andy era moldear a Edie hasta convertirla exactamente en la mujer que él hubiera sido de no haber nacido hombre.

Edie Sedgwick

A pesar de que apareció algunas veces en la revistas como Life o Vogue nunca fue aceptada en el mundo de la moda debido a que la identificaban con el consumo de drogas. Edie llegó en algún momento a culpar Warhol de su adicción pero lo cierto es que, aunque el artista le abrió las puertas de La Factory, el espacio perfecto para experimentar con todo tipo de sustancias, ella empezó a consumir mucho antes de conocerlo.

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No tuvo una infancia fácil. Uno de sus ocho hermanos se había suicidado, otro había muerto trágicamente. Su padre y dos de sus hermanos habían intentado abusar de ella. Y, antes de cumplir 21, ya había pasado por dos casas de reposo debido a que sufría de anorexia y de bulimia.

La relación entre Sedwick y Warhol se fue deteriorando con el tiempo. A Warhol no le gustaba la amistad de Sedwick con Bob Dylan y a Sedwick le empezó a molestar que Warhol no le pagara por su participación en las películas.  En 1965 Sedwick le pidió al artista que no exhibiese ninguna de las películas en las que ella aparecía y a finales de 1966 perdió todo contacto con Andy y con La Factory. Pasó los últimos años de su vida en centros psiquiátricos y en clínicas de rehabilitación. En 1971, cuando tenía 28 años, la encontraron muerta en su casa por los efectos de una sobredosis.

No son sólo las caras bonitas y los cuerpos perfectos lo que intriga a los artistas de sus musas. Ellas tienen algo más. A veces no se sabe si es la excéntrica vida de las musas lo que inspira a los artistas o si es el ideal que se hacen los artistas de ellas lo que termina volviendo su vida excéntrica. Ellos le deben a las musas su inspiración, ellas le deben a los artistas su inmortalidad y, en cierto modo, su creación. “No sé si Zelda y yo somos reales o si somos personajes de una de mis propias novelas”, solía decir F. Scott Fitzgerald.

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