Advertencia: Varios osos de peluche fueron lastimados en la realización de esta exposición.

Es fácil decir que la infancia es una de las épocas que más impactan en la formación psicológica y física de un humano. Unos la pueden recordar como un jardín de rosas, risas infantiles cuando suena un pedo y preocupaciones si el Niño Dios le trajo la nueva consola o unos calcetines. Lastimosamente este no es el caso para todos. Como para unos es un paraíso, para otros es el mismísimo hades. Mientras unos hacen noticia por escapar de la guerra de su país, otros escapan, con el control remoto, de las noticias para encontrar el nuevo capítulo de «Las Chicas Superpoderosas»; unos un bastón de dulce y otro un fusil. Mi propósito con estas palabras no es dar una discusión mamerta sobre las injusticias y las desigualdades sociales, mi propósito es resaltar la importancia de las memorias de la infancia. La infancia es una ruina en la que nos construimos. Sus laberintos sinuosos de memorias difusas hacen, lamentablemente o milagrosamente, lo que somos. Solo hay una cosa invariable en todas las infancias: son inevitables e inescapables.

El artista Iván Castiblanco busca sumergirse, con sus esculturas, en la memoria de la infancia y hacerlas revivir en los espectadores. Sus obras tienen la habilidad de regresarnos a esos momentos de chupo y compota. Lo fascinante es la variabilidad de las emociones que suscitan. Para unos ver un oso posición de sirena les puede para ser tierno y relajante; yo sentí un relámpagos por toda la espina dorsal cuando le di le espalda. Ya he visto suficientes películas de Chucky para estar lo suficiente paranoico de que en cualquier momento cobré vida y me apuñale múltiples con un mini cuchillo. En la exposición “Postdata”, por Iván Castiblanco, no encontramos el oso de peluche esponjoso que todos recuerdan, sino uno petrificado (literalmente….están llenos de cemento) en el tiempo y en el espacio. Inamovible, destruido y retazado como las memorias. Cada objeto, en la exposición, evoca las memorias de la infancia. El espectador se enfrenta a los a un flujo constante de sentimientos melancólicos. Ya soy lo suficiente viejo para ver un peluche (el mío era un Pikachu gigantesco) y soltar un suspiro melancólico. Adicionalmente, el artista invita a todos los interesados a llevar juguetes de la infancia para intervenir en el espacio de la exposición, que será luego donados para una fundación.

 

Fotos por: María Isabel Restrepo    |  Texto: Santiago Trujillo    |    País: Colombia 

Fecha de publicación: Junio 23, 2016

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