«Epoch» es un conjunto de obras de Gabriel Zea que se ubican en la intersección de tres discursos, por un lado está el tiempo computacional, que por racional que pareciera, resulta ser enigmático y misterioso. Por otro lado está el discurso del arte conceptual en particular de una serie de obras de los años setenta que se preguntan por la relación entre el tiempo y el quehacer del artista, y por último está la reflexión sobre el trabajo, sobre el valor del trabajo en la cultura contemporánea en concreto del trabajo del artista.

«Epoch» es en realidad una referencia al tiempo de los sistemas operativos computacionales basados en Unix, los más conocidos de dichos sistemas operativos son Linux y OS X de Apple, muchas otras máquinas cuentan el tiempo con esta convención pero, de manera sorprendente, otras usan tiempos computacionales diferentes, como es el caso de las que usan Windows por ejemplo.

La referencia al arte conceptual es explícita al trabajo de On Kawara y sus series Date Paintings, I Met y I Went. Las cuales indagan sobre el significado de los acontecimientos y su relación con las convenciones temporales y espaciales mismas. La manera de medir el tiempo, de representar el espacio, la cartografía y la experiencia vital están en el transfondo de la obra del artista japonés. Mientras en la obra se On Kawara, su interés por las fechas y los mapas, que en principio parecen fríos, revelan el aspecto más humano del artista; Zea en cambio, hacen un modelo computacional que de alguna manera copia las obras de On Kawara pero al hacerlo algorítmicamente nos ubica en el terreno de la paradoja.

Las preguntas quedan planteadas: qué hace el artista, cuál es el trabajo de un artista, cuál es el sentido de su trabajo, cuál es el trabajo de un artista que hace software que calcula obras. Esta línea de reflexión altamente pertinente para la época que vivimos, para nuestra realidad cruzada por tiempos percibidos, vividos y calculados, ha sido parte fundamental de la reflexión de la obra de Zea desde hace unos años, en esta exposición nos presenta su versión más contundente.

Texto por: Andrés Burbano

Tierras Prometidas
Matilde Guerrero

La ciudad, como sistema cerrado, como proyecto, dicta un orden imposible que tiende a quebrarse, que se desborda y se redistribuye de muchas maneras. Sus bordes crecen a punta de edificaciones improvisadas que se diseñan desde la más pura necesidad. En las orillas se alzan casas que proyectan, más que un orden urbano, los anhelos y aspiraciones de quienes construyen.

La periferia se organiza bajo condiciones poco favorables para alcanzar los estándares de la vida moderna. Allí se desarrollan prácticas que ofrecen otras soluciones a las mismas necesidades sociales tergiversando, subvirtiendo y pervirtiendo los modos establecidos en el centro del sistema, dándole un uso imprevisto a materiales, ideas y recursos. En estas operaciones existe una potencia, late la posibilidad de imaginar otras formas de organización social.

En el centro se duerme pensando que lo que ocurre en límites obedece a un proceso muy distinto al propio, que lo que allá sucede es de otra naturaleza. Se olvida que la casa se afianza, se formaliza, se acerca al centro, que se cierran los quiebres de los ejes imaginarios del sistema, se consolida la idea de propiedad. La casa autoconstruida, la forma que subvierte, siempre tuvo la voluntad de conformarse en patrimonio siempre anheló ser como las otras casas.

Las tierras prometidas, brillando desde la distancia, hacen creer que en el centro hay un proyecto planeado. Se mira hacia las tierras prometidas con la esperanza de poder brindar ayuda, son espacios idealizados que esperan a ser modernizados.

En la formalización, el rigor de la estructura previene la plasticidad de formas, encausa y determina el paisaje, el desde es el eje, la línea, el patrón.

Texto por: Curaduría Valenzuela Klenner

Fotos por: Maria Isabel Restrepo   |   Textos: Curaduría Valenzuela Klenner / Andrés Burbano   |    País: Colombia 

Fecha de publicación: Abril 21, 2016

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