Autor: Samuel Morales

 

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Yukio Mishima escribió con su propia sangre una obra que literalmente le costó la vida, obra que tanto para escritores y lectores en Oriente como en Occidente es reconocida como una de las más hermosas de todos los tiempos.

 

 

Es el 25 de noviembre de 1970, año 75 de la era Showa en el viejo calendario imperial japonés. En un barracón de la ciudad de Tokio hay revuelo por el imprevisto llamado de un hombre a las tropas del ejército de reserva. El sol está en su punto más alto, la voz del agitador grita a los soldados, “¡El pueblo japonés sólo piensa en dinero!”, “¡¿Dónde está su espíritu nacional?!”, “¡¿Qué harán cuando se vuelvan máquinas sin alma?!”. Es un llamamiento a alzarse en armas y restituir la monarquía absoluta de antaño.

 

El disidente discurso es callado y abucheado por la concurrencia, nadie quiere escucharlo. El hombre termina de hablar, dirige un último saludo al emperador, y se retira al interior del barracón, donde acabaría su vida pocos minutos después con su propia espada. El hombre se llamaba Yukio Mishima.

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Su muerte fue para algunos analistas como la culminación más apropiada para su obra. Varias especulaciones se hacen al respecto de su sangriento final: como un acto puramente político, como un acto simbólico e íntimo, o inclusive como una instalación artística performática. Se sabe que fue un acto predeterminado y cuidadosamente planeado, pero se sigue desconociendo su verdadero significado.

 

Mishima hasta ese día no solamente se había destacado por sus letras; también fue actor, director, guionista, dramaturgo, entusiasta del fotoretrato y de la fotografía conceptual. Si bien no fueron trabajos igual de reconocidos que sus libros, estos son considerados como una prueba irrefutable de que su genio artístico no se contentaba con un solo área del saber.

 

Mishima se catapultó a la fama al publicar una de sus más icónicas novelas, Confesiones de una máscara (1949), cuando tenía tan solo 24 años. En ella es narrada, de manera casi autobiográfica, las reflexiones de un personaje que debate su existencia por cuestiones relacionadas con la sociedad, la familia y la sexualidad.

 

Su maestro, el célebre escritor, Yasunari Kawabata, premio Nobel de Literatura de 1968, fue quien publicó las primeras novelas, cuentos y poemas de su pupilo, al que siempre vio con enorme admiración.

 

Otra de sus novelas de aclamada referencia fue El pabellón de oro (1956). Inspirada en hechos reales, la trama nos ubica en la perspectiva de Mizoguchi, un discípulo de monje que, debido a su obsesión con la belleza del templo zen del Pabellón de oro en Kioto, incendia la estructura con el objetivo de liberarse de su tiránico y metafísico yugo.

 

La temática de toda su obra nace mayoritariamente de las peripecias con las que Mishima concebía su propia vida y filosofía. Conceptos como la belleza, el espíritu, el cuerpo, la sexualidad, la sociedad, el arte y la muerte se materializan en los personajes que creó para sus dramas; personajes que se enfrentan tanto al mundo exterior como a su mundo interior. Son tramas dedicadas inexorablemente a mostrar la complejidad de la existencia del individuo, repleta de contradicciones y paradojas inquietantes.

 

Esto se evidencia no solamente en su obra literaria. Comenzada la década de los sesenta, empezaría lo que él consideraría la transformación más importante de su vida: el culto al cuerpo o fisicoculturismo, lo cual serviría a su vez como la construcción del espíritu del guerrero japonés que tanto visionaba. Mishima prestaría su cuerpo a un selecto grupo de fotógrafos para que retrataran su “obra corporal”. 

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Su más reconocido retrato es la emulación del San Sebastián de Guido Reni, óleo que lo marcó desde temprana edad. La alegoría a la muerte, sobre todo por medio del suicidio ritual tradicional de los samurai, mejor conocido como seppuku o hara-kiri, es personificada en buena parte del material fotográfico del que fue sujeto.

 

Mishima contribuiría de igual forma al arte escénico con varios trabajos. Escribió y montó varias obras de teatro moderno, como también teatro tradicional japonés Kabuki y Noh. Para el cine, dirigió y protagonizó un cortometraje llamado Yûkoku, or the Rite of Love & Death (1966). Basado en un cuento de su propia autoría y en hechos reales, la historia se sitúa en 1937 durante un intento de golpe de estado por parte de una facción extremista del Ejército Imperial Japonés. 

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El teniente Shinji Takeyama (Mishima), un soldado leal al emperador y al gobierno legítimo, se ve en una encrucijada cuando se desata el motín, pues la mayoría de los insurgentes fueron camaradas suyos antes del golpe. El teniente no puede traicionar a su emperador, pero tampoco quiere enfrentarse a los que aún considera como sus “hermanos”. Junto a su esposa, decide finalmente autoinmolarse siguiendo el ritual del seppuku y así evitar la deshonra de tener que traicionar a una de las dos partes.

 

Actuó también en cuatro largometrajes, protagonizando en el título de culto Afraid to Die (1960) a un yakuza (mafioso japonés) que busca reivindicar sus pecados al salir de prisión. Su expiación es sin embargo postergada cuando su pasado empieza a perseguirlo, haciéndolo caer nuevamente en sus antiguas usanzas.

 

Foto 5<<Escena de ”Mishima: una vida en cuatro capítulos”, producida por Francis Ford Coppola y George Lucas. Dirigida por Paul Schrader (1985)>>]

 

Cuarenta y cinco años antes del incidente de 1970 nació un niño llamado Kimitake Hiraoka, en el distrito de Shinjuku en Tokio. Hijo de una familia de mermada aristocracia con ascendencia samurai y señorial, fue adoptado por su abuela paterna, quien lo arrancó del cuidado de sus padres justificando que el niño nació muy débil y que solo ella podía hacerse cargo de él.

 

Kimitake pasaría la mayor parte de su infancia bajo la severidad de sus reglas. El joven, instruido por los dictámenes de su déspota guardiana, recibió una educación que consistió en una escuela privada, lecciones, tutorías extracurriculares, y visitas ocasionales al cine y al teatro.

 

La fascinación por el arte que desarrolló, ya sea por influencia o no de su abuela, maduraría en él desde su adolescencia, cuando escribió sus primeros poemas y cuentos, hasta terminada la Segunda Guerra Mundial, momento en que el lánguido Kimitake se transformó en el hombre que se hizo llamar Yukio Mishima, el mismo que vivió y murió como el errante que cruza eternamente el puente entre lo artístico y lo accionario; sobre la delgada línea entre la vida y la muerte.

 

¿Dónde empieza el arte y cuándo termina en acción?, me di cuenta que la respuesta estaba en la muerte”. Fue una de las últimas reflexiones que nos dejó este nostálgico guerrero en el ocaso del siglo XX; el testimonio mismo de un artista y samurai que blandió su katana y voz contra el mundo moderno.

 

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