Texto: Samuel Morales

“Yo no me preguntaría por qué morimos, pongamos por caso; pero sí quisiera saber qué hace tan miserable la vida.. ¿Dónde está esa fuerza que causa nuestra miseria?”

– Rulfo a Máximo Simpson (1974)

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Un pueblo fantasma, un joven forastero buscando la verdad sobre su padre, un extraño atardecer, los habitantes que mueren por la noche y resucitan por la mañana, un llano en llamas. La embriagante nostalgia con la que re-descubrimos estas situaciones hace que de nuestros labios se comience a dibujar un nombre. Acuérdate del nombre. ¿No?, te debes acordar del hombre por lo menos. Acuérdate de uno de los hijos de Jalisco en plena revolución, huérfano de padre y madre perdidos en la guerra. Aquel escritor que representa la literatura mexicana en todo su esplendor. Autor de aquella novela que no puedes olvidar, bardo de los cuentos que te la hacen recordar. Acuérdate de Pedro Páramo; acuérdate de Juan Rulfo.

De ese Juan Rulfo quizá escuchamos lo elemental, ¿cierto?. En el colegio lo mencionaron durante las sesiones del Boom Latinoamericano y del Realismo Mágico en la clase de Castellano. Rulfo fue uno de esos nombres que nos hicieron repetir hasta el cansancio. Algunos sufrieron con su lectura, otros la amaron, y hubo otros que, en la incapacidad de solo amar u odiar las cosas, aprendieron realmente a leer con él. La literatura rulfiana es una cargada de misticismo y profunda melancolía; especialmente por aquella nostalgia tan arraigada dentro de su propio carácter de la que ni escaparon sus personajes.

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Antiguo pilar azteca fotografiado por Rulfo

Su trabajo consta de tres libros publicados; ni más, ni menos. Tres fueron para él suficientes. Hay quienes creen que hay que ser mexicano y haber sido su contemporáneo para entender su obra. Sus relatos, desde los cuentos de El llano en llamas hasta el inmortal Pedro Páramo, fueron productos de la concepción que tenía de la historia de su pueblo, de su gente y de sus tragedias. Podemos leerlo de varias formas, mexicanos atemporales o no, pero solo hay un Rulfo: el que nos invita a esos mundos que la misma historia de su país develó. El folclor de toda su nacionalidad, la que experimentamos a su vez nosotros los pueblos latinoamericanos, es la que nos permite acercarnos con diferentes ojos a las partes del todo de su obra.

Los personajes y lugares que creó, fantasmas ardiendo lentamente en las llamas del purgatorio, tuvieron un natalicio paralelo no solamente desde su puño y letra; también fue a través de una lente: específicamente la de su cámara fotográfica.

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Después de haber perdido a su padre a los 7 años en la Guerra Cristera de 1926 y a su madre cuatro años después, fue recibido por su abuela, quien se encargó de él hasta su pronta muerte, lo cual dejó al muchacho sin familia y en un orfanato. Ya mayor de edad, decidió salir de Jalisco con la intención de ingresar a la universidad. Su pasión por las letras, animada por un profesor y por el cura personal de su familia, le hizo probar suerte en la Universidad de Guadalajara, a la cual no pudo entrar por encontrarse en medio de una huelga.

Como plan B, se mudó a Ciudad de México a buscar trabajo. Para mediados de la década de los 30, Rulfo se había vuelto colaborador de la revistas América, México y Pan, en donde publicaría relatos cortos. Gracias también a un empleo que consiguió como agente de inmigración del gobierno, tuvo la oportunidad de viajar por todo el país. Aprovechando su oficio de reportero gráfico, decidió tomar sus primeras fotos, tanto por trabajo como por ocio, durante estos viajes. Durante toda su carrera como fotógrafo, se estima que Rulfo tomó más de 10.000 fotos, de las cuales hoy en día se conservan alrededor de 6.000 negativos.

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Sus fotografías pueden ser vistas desde tres ejes conceptuales: el paisaje, la arquitectura y la gente. El paisaje es la tierra de los ancestros. Tierra milenaria manchada por la sangre de aztecas, mayas, españoles, criollos y mestizos; disputada por caudillos, generales y emperadores, Rulfo vería todo esto en el paisaje, conformado por las maravillas naturales indiferentes a las trágicas maquinaciones de los hombres.

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La arquitectura, parte sintética del territorio, es incorporada por los edificios que levantaron los mexicanos en distintas épocas. Las casas, las mansiones, los solares abandonados, las iglesias, las ruinas, las vías del tren, compendio del concepto de civilización y progreso. El sincretismo entre lo colonial, lo republicano, lo español y lo indígena, toda esa amalgama de culturas que se fundieron en lo que llamó José Vasconcelos como la Raza cósmica es la identidad del mexicano, la cual en las fotos de Rulfo está estrechamente ligada a sus edificios.

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Pero es la gente del común lo que Rulfo no pudo dejar de mirar. Campesinos, siervos, jornaleros, maquinistas y tejedoras; los mexicanos de todos los días que cultivan su propia lechuga y amasan su propio pan; la gente humilde que sólo tiene la tierra para subsistir son esos mismos espectros que pasan desapercibidos por el campo. El pueblo mexicano oculto entre los setos secos de los llanos es el que Rulfo retrató en sus quehaceres cotidianos.

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Su gran calidad fotográfica sería afirmada por Susan Sontag, aclamada escritora y académica neoyorquina, quien escribió en su ensayo On Photography (1977): “Juan Rulfo es el mejor fotógrafo que he conocido en toda Latinoamérica”.

 

María Félix durante el rodaje de la película «El despojo»

El talento fotográfico de Rulfo también lo introdujo al cine. Para la década del cincuenta, fue invitado como fotógrafo detrás de cámaras para dos películas: el largometraje La escondida de Roberto Gavaldón (1955) y un cortometraje: El despojo de Antonio Reynoso (1960), para el cual escribió el guión. La actriz María Félix, papel protagónico en ambos rodajes, fue fotografiada en diferentes encuadres por un Rulfo recién catapultado a la fama por El llano en llamas (1953) y Pedro Páramo (1955). Su tercera novela, el relato corto titulado El gallo de oro (1980), y otra serie de cuentos como Talpa, La fórmula secreta y Un pedazo de noche servirían posteriormente para el guión de otra serie de películas.

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Cabe mencionar que era la intención de Carlos Fuentes y Gabriel García Márquez sacar un guión cinematográfico para El gallo de oro, novela breve sobre la que Rulfo siempre manifestó su interés de concebirla más como una película que como libro, fue estrenada en 1964 bajo la dirección de Gavaldón. Por su parte, Pedro Páramo tuvo dos versiones cinematográficas: una dirigida por Carlos Velo en 1966, y otra en 1976 dirigida por José Bolaños, en la que el mismo Rulfo participó como guionista. Ambos largometrajes, lastimosamente, pasaron desapercibidos y no gozaron de popularidad en sus días. Hoy sin embargo se consideran películas de culto, especialmente la adaptación de Velo.

En el 2008, Roberto Rochín dirigió la más reciente adaptación de tres cuentos de Rulfo: Paso del norte, Un pedazo de noche y Cleotilde. La película se tituló Purgatorio, y contó con los talentos de Pedro Armendáriz Jr., Ana Claudia Talancón y Dolores Heredia. Las tres historias, independientes entre sí, fieles a la narración no lineal rulfiana, se unen con las temáticas que Rulfo usaba con maestría: la profunda melancolía del ser humano, el sufrimiento terrenal de los desafortunados, la irremediable llegada de la muerte y el silencioso grito de los explotados.

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Cuando un admirador se le acercó para que le autografiara su copia de Pedro Páramo, no pudo contenerse y le preguntó al envejecido maestro, “¿Por qué no escribe más libros?”, a lo que Rulfo respondió jocosamente “¿Más? ¡pero si ya tengo dos!”. Se refería a lo que ya había dicho en varias entrevistas respecto a su carrera como escritor. Todos se preguntaban porque todo terminó con Pedro Páramo, su trabajo más extenso. Resulta que para él no había más de que narrar. Lo que planteó con la novela y los cuentos de El llano en llamas era todo lo que necesitaba decir, seguir escribiendo más allá de eso, decía él, era caer en una eterna redundancia.

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Comala y Luvina existen. Ese eterno purgatorio personal al que nuestra condición humana está condenada. Juan Preciado somos todos y ninguno de nosotros. Éramos amigos de Urbano Gómez, hijo de don Urbano y nieto de Dimas. Fuimos tan pobres como Melitón y compañía, a los que solo les queda la tierra. Lloramos como ese personaje al que dejaron una noche solo, mientras su padre moría entre balas cristianas y laicas.

Tú te debes acordar de él, pues lo leímos en la escuela y lo conociste como yo.

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