Texto: Gabriela Santamaría

El arte es una forma de ver y representar el mundo, en un país donde poco más del 50% de la población son mujeres es válido preguntarse ¿qué están viendo ellas? ¿Tiene el público de arte siquiera la posibilidad de ver lo que ellas vieron? artista colombiana

Museo Nacional: la lucha por lograr la representación

La participación femenina en el mundo del arte es bastante reciente. ¿Cuántas mujeres pintoras hay en la colonia? No tenemos obra de ninguna.” Lo que afirma Rodrigo Trujillo, curador en jefe de la colección de arte del Museo Nacional de Colombia, es incuestionable. En el país, la primera formación que pudieron recibir las mujeres (antes de poder ser costureras, enfermeras o profesoras) fue en 1886 cuando se abrió la Escuela Nacional de Bellas Artes (ahora el programa de Artes Plásticas de la Nacional). Lo que muchos llaman la “profesionalización” del arte en Colombia era para las mujeres una escuela de señoritas en donde aprendían ciertas habilidades bien vistas para la época.

Pero recordemos que la iglesia estaba encargada de la educación, así que las estudiantes eran separadas de los hombres y no aprendían a dibujar figura humana con cuerpos desnudos. ¿Qué hay entonces en el Museo Nacional de las artistas de la colonia? Bordados, o como ellos lo llaman “artes decorativas”.

A pesar de ese claro problema estructural, el Museo Nacional tiene una responsabilidad con la representación. La institución es de financiación mixta y la parte pública proviene de impuestos de los colombianos. No es solo que el patrimonio es de la población, es que también debe encarnarla.

Este es un museo de carácter nacional. Eso nos da una condición particular de identidad, estamos representando el país.”

Palabras mayores, pero hay cómo sustentarlas. El Museo maneja cuatro colecciones: arquitectura, etnografía, historia y arte. Cada una con una curaduría propia que trabajaba de manera individual (la de arte en específico tiene un equipo con igual cantidad de hombres y mujeres). Esto implicó que por muchos años los proyectos que se llevaban a cabo fueran aislados a cada curaduría, en vez de presentarse como una sola identidad que representara a Colombia. A comienzos del siglo XXI, el Museo se renueva y las curadurías deciden que “hablarán” entre sí alrededor de un tema que describa algún aspecto de la historia del país, en torno a ese tema se hacen las exposiciones permanentes.

Cada 10, 15, de pronto 20 años se renueva el museo. Las renovaciones deben estar acordes con el contexto. Si el mundo cambia, pues el museo también cambia. Renovamos respirando el país” –explica Rodrigo sobre este cambio, que intencionalmente o no, se ve fuertemente influenciado por el posconflicto.

Para la muestra el botón de las dos salas que ya están disponibles al público, cuyos nombres parecen intertítulos del acuerdo de paz: “Memoria y Nación” y “Tierra como recurso”. Cuando el proyecto finalice habrá 17 salas, cada una con un tema especial. Este tipo de línea curatorial les ofrece una oportunidad impresionante: enmendar con arte contemporáneo la invisibilización que por siglos sufrieron las mujeres en terrenos políticos y profesionales.

Al lado de retratos de independentistas y de hallazgos arqueológicos los curadores tienen la libertad de poner una colcha de las Mujeres de Mampuján, que cosen sus historias de violencia, o a la artista caleña Alicia Barney con sus tubos de acrílico transparente en los que estratifica el suelo de un basurero ideal. Aunque nunca han hecho la cuenta, Rodrigo se atreve a adivinar que las artistas mujeres expuestas son menos del 10%.

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“Desplazamiento”, Tejedoras de Mampuján. 2009.

Hablando del siglo XX, Rodrigo ya puede contar, con los dedos de la mano, las pocas mujeres que han encontrado que produjeron obras: Carolina Cárdenas, Hena Rodríguez, Margarita Holguín y Caro. Incluso recuerda a Mercedes Martín, la esposa de Coroliano Leudo, modelo del mítico retrato que fue la primera portada de Cromos.

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Después de los sesenta hay otra generación de nombres conocidos: Nirma Zárate, Beatriz González, Feliza Bursztyn y por supuesto, Doris Salcedo. Son estos casos excepcionales lo que hacen que Rodrigo piense que en medio de la discriminación laboral que sufren las mujeres, en el arte son menos excluidas.

El mundo del arte es en el que mejor entran. Fue donde entraron primero y en donde han tenido más aceptación y reconocimiento. El problema no es en el arte, es en la sociedad.”

Cuando la curaduría no logra representar la diversidad de los colombianos con cantidad de obras recurren a lo que ellos llaman una “representación temática”. Es decir, retratos de todo cuerpo que no sea un hombre blanco heterosexual, así esté pintado por uno.

Hay un esfuerzo, lo estamos pensando permanentemente. Pero toma su tiempo luchar contra cuatro siglos.”

Esa lucha puede ser documentada. Entre las visitas educativas que ofrece el museo está “La mujer en la historia colombiana desde las colecciones del Museo Nacional”, que busca entender la participación de la mujer en la construcción de la nación. En 2004 realizaron la Cátedra Anual de Historia Ernesto Restrepo Tirado usando como tema “Mujer, nación, identidad y ciudadanía: siglos XIX y XX”. Incluso tienen una exposición virtual titulada “Miss Museo” donde se explora también esa problemática. Sin embargo, hasta ahora, su mayor y mejor logro en el tema es la exposición “Voces Íntimas”.

Carmen María Jaramillo, investigadora, ha estudiado la presencia de las mujeres en el mundo del arte. Con su trabajo se realizaron en 2015 una serie de diez afiches bajo el nombre “Mujeres entre líneas: Una historia en clave de educación, arte y género” que presentan su participación en el mundo del arte, desde su rol de “musas” o cuerpos que son retratados, hasta las dinámicas de raza que están en juego. Esta exposición iconográfica fue enviada a 1.259 espacios (museos, bibliotecas, casas de cultura, etc.) en todo el país. No es una cifra despreciable.

La investigación de Jaramillo fue la base para que Marta Rodríguez trabajara como curadora en “Voces Íntimas”. Dividido en cinco secciones (la casa, el cuerpo, los diarios, el deseo y el silencio) lo que se buscaba era exponer la producción de artistas plásticas durante aproximadamente siglo y medio.

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Aunque los nombres y secciones que se utilizaron parecieran regresar a la mujer al espacio privado, la intención era plantear la manifestación artística como una expresión de la intimidad. Durante casi tres meses las obras de 18 mujeres artistas se presentaron y la entrada al público fue gratuita.

Hay una necesidad y más que eso un deseo de darle representación a la mujer en el arte colombiano” –concluye Rodrigo.

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Banco de la República: desde las monjas en el siglo XVIII hasta las artistas emergentes

Sigrid Castañeda es una de las curadoras de arte del Banco de la República y cuenta que en 1957 se empieza a crear una colección que apuntaba a preservar el patrimonio colombiano desde el periodo colonial hasta el presente.

Antes de los setenta se genera la colección por acumulación y no por criterio. En los ochenta se crea un comité de arte con miembros externos al Banco que le dan un sentido a la colección.

En 2010 se empieza el remontaje y siguiendo una línea cronológica se escogen varios curadores para las diferentes eras. Para la etapa colonial, Jaime Borja; en siglo XIX, Beatriz González; para la primera mitad del siglo XX Álvaro Medina y para la segunda parte el trabajo conjunto de Carmen María Jaramillo, María Wills y Sylvia Suárez. Por último desde los noventa hasta hoy en día trabaja Carolina Ponce de León junto con Santiago Rueda. Esto sirve para comprobar que incluso si no hay muchas obras o artistas mujeres disponibles, hay al menos un esfuerzo para que la curaduría sea más equitativa.

El mercado mismo se encargó de que las obras no circularan. De la imagen de las chicas en la academia siempre se habla, pero estaba invisibilizada” –cuenta Sigrid de los problemas que han tenido para encontrar obras de las mujeres que estudiaron en la Escuela Nacional de Bellas Artes. En sus investigaciones encuentran los nombres de artistas, pero no su obra. Entre sus triunfos está la compra de 30 piezas de Carolina Cárdenas (una negociación de diez años) y las carpetas de trabajos de grado de siete estudiantes de la Escuela.

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Carolina Cárdenas

“La institución tiene clarísimo que el papel de la mujer es importante y por eso algunas de las piezas que nos empeñamos a conseguir son de artistas que se han visto en el olvido. Pero no es nuestra línea solo buscar obras de mujeres.”

Es una línea curatorial sensata. Finalmente el museo, que es de financiación privada e independiente, lo que busca es que la calidad de la obra se anteponga a cualquier otro factor. Es claro, sin embargo, que entienden que hay una indiscutible desigualdad al momento de buscar, comprar e incluir las piezas.

El mismo medio ha sido más masculino, a veces no es que no queramos mostrar a las mujeres sino que de diez artistas relevantes entre la década de 1990 y el 2005 hay siete hombres y tres mujeres. Pero siempre le hemos intentado apostar a la igualdad.”

Hace dos años organizaron la exposición retrospectiva de Johanna Calle y el próximo año se enfocarán en la artista audiovisual Clemencia Echeverry.

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Johanna Calle. Silentes
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Johanna Calle. Silentes

Este año también participaron en el evento mundial de #Museumweek donde se alentaba que los museos y su público resaltaran las obras que tenían que ver con mujeres. Alrededor de ese tema central organizaron cinco visitas guiadas que se entrelazaron con los tópicos de música, historias personales, libros, patrimonio y por último, y tal vez más excepcional, “Tras las huellas de las Monjas coronadas”.

Sigrid reconoce que al trabajar la temática histórica el tema es más complejo, deben buscar la representación no como autoras, sino como objetos: “En la parte colonial escogemos piezas donde lo femenino se hace evidente. Tenemos la colección más importante en el mundo de monjas muertas. Nos hace únicos en el mundo”.

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Monjas muertas. Es la descripción de una película de terror, pero para el Banco es una realidad vital porque demuestra que en siglo XVIII hay una producción “alarmante” dentro de los conventos de retratos de mujeres, pagados y comisionados por ellas (la negociación para la última adquisición de cuadros tomó cinco años).

En la actualidad el comité de arte que guía el trabajo del Banco está conformado por nueve personas de las cuales cinco son mujeres: Ivonne Pini, Sylvia Suárez, María Belén Sáez de Ibarra, Nydia Gutiérrez y Beatriz González (que está desde su fundación). Pesos pesados en el arte colombiano. Tal vez por eso Sigrid hace un cálculo algo optimista de la cantidad de obras hechas por hombres y por mujeres que tienen, un 60 y 40 por ciento respectivamente. Aunque confiesa que nunca han hecho las cuentas, sí puede confirmar que “en los últimos dos años han comprado más mujeres que hombres en la categoría de artistas emergentes”.

Sigrid es la única mujer en el equipo de curadores y aunque internamente nunca ha sentido la discriminación sabe que “es una situación generalizada. Yo siento que debo demostrar más mi conocimiento. Tengo que ser fuerte, yo tengo que decir soy curadora y probarlo. Pero no pienso que sea solo una situación del arte”.

Ese es finalmente el problema, el gran obstáculo. No se trata solo de cantidad de artistas, de obras disponibles. Se trata de que para que las mujeres puedan ser vistas en museos hay una diferencia estructural gigantesca que lleva años construyéndose. Pero con el paso del tiempo es cada vez más difícil dejar a las artistas por fuera, entre más mujeres entran a trabajar detrás de escena, más mujeres salen a la luz.

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