Fotos: Laura Tellez – Texto: Natalie Sánchez

Stop Art decidió hacer un tour por los edificios, cada vez más numerosos en el paisaje bogotano, que reflejan el cielo (a veces nublado, a veces no tanto) de la capital y le hacen un gran contraste a los de ladrillo.

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La cutis de Bogotá ha ido cambiando de material: al principio predominaba la tierra, la tapia y el bahareque para las casas, mientras que las construcciones públicas se hacían con un ladrillo plano de costosa producción. Luego les siguió la combinación de concreto acanalado y el ladrillo pañetado en la arquitectura republicana. Para los años cincuenta y los noventa visitantes extranjeros a la capital recibían con admiración y la sorpresa el paisaje color ladrillo. Gracias a su particular textura y a sus posibilidades plásticas de originar sombras y claroscuros el ladrillo se convirtió en el material favorito de arquitectos como Rogelio Salmona o Fernando Martínez Sanabria que se tomaron el paisaje urbano con este material de tonos cálidos que preferían por autóctono y por costos.

 

Poco a poco las construcciones de altura cambiaron, y siguiendo la tendencia global de fachadas flotantes desde los años noventa, Bogotá ha avanzado hacia el cristal por su rápida instalación, fácil mantenimiento y por la imagen de sofisticación que dan. Es de esperarse que en esa evolución no estemos muy lejos de ver fachadas de vidrio inteligente que proyectan imágenes como los rascacielos en Shanghai.

 

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