Texto: Daniela Serrano – Ilustración: Natalia Forero

Una escritora colombiana residente en Boston se encuentra con piezas de Doris Salcedo en el museo de arte de la Universidad de Harvard.

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Una parte inesperada de vivir por fuera de la tierra donde uno primero aprende a mentir o tomar transporte público es el patriotismo performativo que lo toma a uno de sorpresa. Personas que nunca han sido fan del fútbol se hacen a camisetas de la selección, personas que nunca han siquiera entendido cómo funcionan los partidos políticos están dispuestas a discutir con el que sea si llegan a hablar con desidia del país de uno, personas que sin ser particularmente susceptibles al arte se encuentran llorando en salas de exposición gringas. Lo que lo ataca a uno inesperadamente es en realidad menos patriotismo y más antojo melancólico. En la inmortales palabras de Gloria Estefan: “…la tierra te da / En medio del alma, cuando tú no estás.”

Llevo viviendo en Boston casi tres años y aunque es una ciudad muy linda, muy antigua y muy llena de historia, no es un lugar donde yo me sienta, del todo, cómoda. Como estar la casa de una tía lejana, que podrá ser familia pero de todas maneras no es recomendable andar entrando a la cocina por agua como si uno supiera dónde están los vasos. Lo que sí tiene Boston, por montones, es museos. Muchas de mis mañanas han sido en diferentes museos de Boston porque mi horario me lo permitía y mi carnet de la universidad nos daba entrada gratis ilimitada a la mayoría de museos de la ciudad.

Fue uno de estos días que decidí visitar el museo de arte de Harvard (Harvard Art Museum). Es un edificio sencillo que bordea la plaza principal de Harvard donde los turistas se toman fotos. Una vez dentro, el edificio es antiguo y moderno a la vez, el fondo perfecto para una comedia romántica sobre curadores de arte. Este museo en particular tiene una colección impresionante. En parte se debe a que es un museo privado y la mayoría de las obras en exposición continua fueron donadas por ex alumnos. La clase de ex alumnos que pueden donar múltiples obras de Picasso y Rodin.

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Aunque ese día en medio del invierno una tormenta de nieve semi amenazaba con tomarse la ciudad, decidí ir porque una exposición de Doris Salcedo estaba próxima a terminarse. Sabía quién era Doris Salcedo sólo periféricamente. No sé mucho de arte y mi análisis oficial sobre la calidad de toda obra es si me parece bonita o bien hecha, o ambas. Sabía que era una artista plástica Bogotana cuyas obras exploran temas como trauma y duelo y que aunque ha realizado obras sobre la violencia en centroamérica y pandillas en Estados Unidos, es principalmente conocida por sus análisis del conflicto armado en Colombia.

A los museos se va sólo o con personas con las que se tenga la suficiente confianza como para no tener que aparentar interés o erudición. En esta ocasión no solo había decidido venir sola al museo para poder caminar a mi propio ritmo sino porque no quería tener que explicar sobre historia y conflicto colombiano a mis amigas gringas. Nunca sé bien cómo sentirme respecto a lo poco que realmente reconozco como propio sobre este periodo de Colombia. Un poco esperaba que ver la interpretación de una artista que, como yo, es de la ciudad me pudiese ayudar a entender mejor.

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Las mañanas son una comunidad especial de personas en los museos: personas de la tercera edad y estudiantes. Había dejado la sala con las obras de Salcedo para el final así que para cuando llegué al segundo piso, donde comenzaba el ala que tenía sus obras, llevaba varias horas caminando y sin un desayuno adecuado en la panza. La primera parte de la sala tenía las obras Untitled, 2008, Thou-less y Untitled. Las primeras son muebles construidos por Salcedo donde las piezas están fundidas con concreto o acero. Las formas son extrañas y cuando se miran de cerca se ven las huellas de las vidas que pudieron haber utilizado los muebles: pelo, cadenas, huesos. Otros muebles asemejan mesas de escuela y ataúdes al mismo tiempo, o sillas de metal que habían sido pulidas y trabajadas para parecer sillas de madera; las patas dobladas en posiciones extrañas, los espaldares fundidos en ángulos incómodos. Las descripciones en las paredes de estas obras, con su pátina de violencia sin exhibicionismo me hizo pensar en libros como “Sangre en el ojo” de Lina Meruane, violentos sin ser bruscos.

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Noté, mientras paseaba la primera parte de la sala que era la única persona allí. Yo y el guardia, que por aburrimiento o sospecha me seguía de sala en sala. Cuando entré a la sala donde se extendía la mortaja de flores de A Flor de Piel, 2013 él estaba en una esquina lejana. Salcedo diseñó la mortaja como homenaje a una enfermera que fue secuestrada y torturada. Miles de pétalos de rosa fueron conservados y cosidos por Salcedo para crear un objeto que evoca cuerpo y la mortaja al mismo tiempo. Hasta ahí, todo normal.

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Después llegué a la sala donde se encontraba la obra Disremebered, la obra se compone, dicho extremadamente sencillo, de cuatro blusas de seda intervenidas. Una blusa en cada pared. Miradas desde la entrada donde yo y un poco más allá el guardia, parecían ser de algún material suave y gris. Pensé que me gustaban y que de ser prendas en una tienda de ropa, serían exactamente la clase de cosa que compraría. El tono gris de las blusas lo proveen miles y miles de agujas ennegrecidas que atraviesan la pieza entera.

Cuando me acerqué a la primera blusa se me apretó la garganta, para cuando llegué a la última estaba en pleno llorando. Estuve así, tratando de controlar los sollozos y sintiéndome ridícula en el medio del salón tanto tiempo que el guardia que me venía persiguiendo se salió de la sala. Al hombre probablemente no le pagaban lo suficiente como para tener que aguantarse este momento incómodo.

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Estaba triste porque extrañaba algo, pero no estaba segura de qué. Las blusas responden a un estudio sobre el duelo que ataba toda la exposición. Fueron construidas por Salcedo tras entrevistar a madres cuyos hijos fueron víctimas de la violencia (física, racial y estructural) de los “proyectos” (el equivalente americano de comunas) en Chicago. En Mi Tierra, Gloria Estefan habla del pregón cantado por un hermano que también extraña su tierra. Aunque proviene de diferentes países y situaciones, el duelo colectivo que lo envuelve a uno en exposiciones como las de Doris Salcedo le recuerdan a uno del duelo más leve y llevadero de cuando uno no está.

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