Texto: Juliana Matallana

Vivimos en un mundo que está en la constante búsqueda de la inclusión y la igualdad, todo lo que sea políticamente incorrecto se está intentando eliminar o en su defecto corregir y el arte no es la excepción; durante la historia hemos podido ver que tiene la característica y el poder de reflejar perfectamente un contexto.

El pasado mes de febrero una mujer llamada Mia Merrill en una visita al MET de Nueva York notó en la obra “Thérese dreaming” del pintor franco-polaco Balthus que a su parecer la pintura sexualizaba a la niña retratada, ante la indignación decidió iniciar una campaña con la para recoger firmas solicitando al MET el retiro de la obra de la exhibición o que el museo aclarara de alguna forma porqué esa obra podría causar incomodidad en algunos los espectadores.

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Kandinsky dijo alguna vez “Cada obra de arte es hija de su propio tiempo”, eso significa que cada producto artístico está insertado en el contexto y tiempo en el que fue creado, cada uno de ellos tiene unas ideas establecidas. Los conceptos moralistas son diferentes en todos los lugares del mundo y en todas las épocas de la historia por lo cual es absurdo intentar hablar de una imagen que fue creada en el siglo XX desde el discurso del siglo XXI.

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En el caso de la obra que protagoniza la polémica no resulta coherente insertar juicios contemporáneos en imágenes que fueron creadas bajo premisas distintas. Para el año en que fue realizada: 1938 no existían los derechos de los niños, ellos no eran sujetos políticos, caso contrario de lo que ocurre ahora, que por lo menos en la teoría se procura su bienestar.

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Así mismo, otro factor importante a considerar es la actitud que los adultos tomamos frente a las imágenes, más allá del periodo en el cual fueron hechas, valdría la pena preguntarse si el pensamiento de igualdad hace que exageremos tanto el concepto que este pierda su sentido, es decir, en nuestra preocupación se ha generado que la imagen de una niña durmiendo se vea “sexualizada” y ha hecho que olvidemos que las niñas no tienen ningún cuidado por su postura, no importa si están en falda y se sientan como sea más cómodo para ellas, entonces es una posibilidad que no sea la imagen en sí misma la que nos hace pensar cosas terribles de dicha pintura, sino nuestro condicionamiento moralista el que nos hace imaginar lo que pudo haber sucedido durante o después del proceso de realización de la pintura.

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Este tipo de situaciones propias de la teoría que todo debe ser “políticamente correcto” nos permiten preguntarnos: ¿acaso es necesario que los museos dejen su función principal de exhibir la historia objetivamente y deban adquirir una posición moralista actual para juzgar las obras del pasado? ¿todo lo que en el arte vaya en contra de nuestros principios individuales debe ser censurado? ¿en este mundo tan lleno de imágenes, la imagen ya no podrá ser juzgada tan sólo como imagen?


 

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