Fotos: Natalia Forero – Texto: María Fernanda Mancera

Desde su fundación, La Plaza de Bolívar ha sido el eje central de la ciudad de Bogotá. Actualmente es el corazón del poder, al ser un lugar de tránsito diario para los políticos que manejan el país, comerciantes cuya economía depende de las dinámicas que allí se desarrollan y turistas que la visitan por su carácter emblemático. Así, los edificios que la rodean son, quizás, los más importantes de la ciudad. Joyas arquitectónicas que han sido testigos de siglos de historia, construida a partir de manifestaciones, oficios y saberes propios de su entorno.

El proyecto más reciente de Jaime Ávila nace de su interés por trabajar con paños tradicionales como homenaje a su padre, volviendo a lo que fue su primera visita a Bogotá en la década del setenta. Dicen que “por el vestido se conoce al empresario”, premisa que establece una relación entre las telas y las profesiones en las que se debe vestir de un modo específico. En El traje del Palacio, el artista se pregunta sobre la forma en que las estructuras de poder presentes en un lugar determinan el vestir de quienes lo frecuentan y cómo ese condicionamiento termina creando estereotipos que se vuelven atemporales.

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Ávila genera una correspondencia entre las figuras del Palacio de Justicia, el Capitolio Nacional, la Catedral Primada, el Palacio Liévano y el Museo de la Independencia, La Casa del Florero, la Corporación Financiera del Valle, y los paños que mejor representan la gracia de su arquitectura colonial, neoclásica y moderna.

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El artista parte de los trajes de “cachacos” y ejecutivos que se ven a diario en la Plaza para vestir las edificaciones con base en su emplazamiento y significación, como si en cada una de ellas se pudiesen advertir rasgos de dichos individuos y sus respectivos oficios.

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El traje del Palacio conserva la cualidad gráfica presente en su obra, en este caso mediante la construcción modular de las imágenes, la extensión de la arquitectura a través de patrones que recuerdan vistas aéreas de la ciudad y el juego entre texturas que genera contrastes geométricos.

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Con esta muestra, el artista construye una suerte de museografía del centro de Bogotá, especialmente de la Plaza de Bolívar, haciendo énfasis en la sastrería como un oficio tradicional que ha ido desapareciendo con el tiempo a raíz de la llegada de economías más rápidas y desechables.

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Se trata de una construcción histórica de lo que ha sido la Plaza y su entorno, siempre desde una mirada que propone visibilizar la importancia de los roles de los individuos que la frecuentan, su relación con los fenómenos sociales presentes en dicho espacio público y su incidencia en la ciudad.

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