Santiago Díaz representa un nuevo grupo de artistas emergentes que prometen un gran futuro para las artes plásticas de Colombia.

A Santiago, cuya existencia ha sido más corta que muchos artistas veteranos, e insignificante para la edad de la tierra, le interesa el transcurrir de un meta- tiempo. “Me interesan las rocas”. Mientras pronuncia esta frase que parece sacada de una escena de los Picapiedras, sostiene entre sus dedos una pequeña piedra imaginaria a la que mira con curiosidad. Sus gestos hábiles con las manos lo evidencian como alguien que está consciente de ellas. “Para mí, es importante el trabajo manual en la creación de la obra”, cosa que se ve muy claro en una de sus piezas principales de la exposición; un gran espacio que es cubierto, capa a capa, por tierra.

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Esta labor es puramente repetitiva. Una vez que llega con el sustrato, delante del enorme lienzo que sobrepasa varias veces su tamaño, lo cubre a manotadas. En un acto mecánico que parecería llegar a un resultado estético previsible (a quemarropa y para el ojo poco entrenado, es formalmente una pared con tierra).

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Su obra habla del tiempo que le toma al polvo ser piedra, y a las piedras ser montañas. Cuando se observa SEDIMENTO, la obra del artista colombiano Santiago Díaz, la intuición le dice a uno que es obra de un artista de más edad. La curiosidad que muestra por el transcurrir del tiempo no es un tema frecuentado por sus congéneres, quienes muchas veces se dejan seducir por las posibilidades técnicas que brinda la tecnología.

Su obra no se centra en el estudio de décadas recientes, va mucho más atrás y se remonta a eras geológicas completas. Su trabajo, que está en un punto entre la pintura y la escultura, está basado en una temporalidad inasible para los seres vivos. Santiago, desde su curiosidad de geólogo amateur, encuentra en cambio el misterio plástico máximo: “No tengo control sobre lo que vaya pasando, o la forma de la pieza final”. La gran muralla que se yergue, es el resultado de un proceso abnegado de “entierro” que adquiere forma a su antojo y se extiende en una trama irrepetible que es a la vez producto del azar y la intención a la vez.

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¿Porqué tierra? Santiago redujo su interés por las rocas a su expresión mínima. Ellas en su dureza no son ni más ni menos que partículas de polvo. “Me parece increíble pensar en que algo tan grande como una montaña esté hecha de piedras, y que en las piedras exista la potencia de montaña”. Es pensando en el “está hecho de” que SEDIMENTO también habla sobre “cómo está hecha”.

El tiempo que le toma al polvo ser piedra, y a las piedras ser montañas, hace que la obra le hable al espectador sobre el tiempo más allá de sus manos. Un tiempo tan gigante que no se ve pasar, pero que está pasando y a la larga es el que deja los vestigios más duraderos. Mientras que estamos absortos por las pequeñas preocupaciones cotidianas, por vivir de mañana en mañana, pasa un tiempo que no nos es posible retratar, y que sólo nos es visible en marcas inmemoriales como las capas de la tierra.

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SEDIMENTO es así un testigo silente de una ancestralidad reproducida, una simulación de épocas tan grandes que hacen microscópicos nuestros periodos de vida en comparación, y que nos involucran en un estado de contemplación temporal que nos confirma una vez más el “del polvo vienes y en polvo te convertirás”. Y más rápido de lo que uno se imagina.

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